RÍO DE JANEIRO, 14 sep (Xinhua) — La devastación de la Amazonía brasileña está afectando el sistema natural que distribuye humedad y lluvias por gran parte de América del Sur, lo que podría provocar consecuencias climáticas, económicas y sociales de gran escala, advirtieron científicas especializadas en el bioma. La Amazonía funciona como una gigantesca “máquina de lluvia”: la humedad procedente del océano genera precipitaciones sobre la selva, mientras los árboles absorben agua del suelo y la liberan nuevamente a la atmósfera en forma de vapor, que posteriormente es transportado por los vientos hacia otras regiones del continente. La investigadora brasileña Julia Valentim Tavares, quien estudia los efectos de la sequía sobre los árboles del llamado “arco de la deforestación”, destacó a Xinhua que la Amazonía constituye la principal infraestructura hídrica de América del Sur y la mayor “máquina de lluvia” del planeta. Una sola planta adulta puede liberar diariamente entre 200 y 300 litros de agua a la atmósfera. Con unos 400.000 millones de árboles funcionando simultáneamente, el proceso genera los denominados “ríos voladores”, fundamentales para el régimen de lluvias de amplias zonas de América del Sur. “Si pudiéramos hacer visible esta humedad, veríamos ríos gigantes volando en el cielo”, explicó Tavares. La alteración de este mecanismo tiene consecuencias especialmente importantes para Brasil, ya que la Amazonía influye sobre las precipitaciones de otras regiones del país y sobre actividades como la agricultura, la ganadería, la generación de energía y el abastecimiento de agua. De su lado, Marielos Peñaclaros, copresidenta del Panel Científico por la Amazonía, advirtió que la deforestación, los incendios, la minería y otras actividades están afectando la conectividad entre los diferentes ecosistemas amazónicos. “La Amazonía es la columna vertebral de los ciclos del agua, los nutrientes y el carbono a nivel local, regional y global”, afirmó. Según la científica, ya existen evidencias de que la deforestación en la Amazonía brasileña provoca una reducción de las lluvias en zonas de Brasil y Bolivia, mientras que las áreas deforestadas registran temperaturas más elevadas y períodos de sequía más largos e intensos. Tavares ha observado estos cambios precisamente en el “arco de la deforestación”, donde el volumen de precipitaciones disminuyó y las temperaturas aumentaron durante la última década. El calentamiento global incrementa la presión sobre un ecosistema que ya enfrenta los efectos acumulados de la deforestación. En 2024, la Amazonía sufrió una de sus peores sequías registradas. Según un estudio reciente de MapBiomas, entre septiembre y noviembre la superficie de agua de la región estuvo 1,9 millones de hectáreas por debajo de la media histórica, mientras las precipitaciones fueron un 27 por ciento inferiores y la temperatura máxima media, 2,6 grados Celsius superior al promedio histórico. Las científicas alertan ahora sobre la posibilidad de que un nuevo episodio de El Niño especialmente intenso agrave la situación. “Cuando existen estas sequías, la selva puede sufrir mortalidad por fallas hidráulicas o dejar de crecer, además de enfrentar los incendios. Entonces, la Amazonía deja de funcionar como sumidero de carbono y pasa a convertirse en emisora, aumentando el calentamiento global”, explicó Tavares. Para Peñaclaros, la preservación de la conectividad de la selva resulta fundamental para evitar un deterioro irreversible. “Tenemos que invertir en conectividad, restaurar las áreas degradadas y recuperar las zonas deforestadas para producción”, afirmó. La científica advirtió que la Amazonía se aproxima a un posible punto de no retorno y que la pérdida de su conectividad tendría consecuencias “catastróficas” para Brasil, los países amazónicos y el conjunto del planeta. La advertencia cobra especial relevancia para Brasil, que alberga la mayor parte de la selva amazónica y busca reforzar su agenda de protección forestal y adaptación climática ante los desafíos de la transición ecológica. Fin
