Por Zhu Jingyang Si la cooperación entre China y América Latina, y entre China y Colombia, es buena o no, no lo deciden quienes señalan con el dedo desde lejos. Lo deciden los pueblos de América Latina y de Colombia: depende si quieren desarrollarse, si ven el cambio con sus propios ojos y si reconocen los resultados. La narrativa siempre llega rápido. Hay quien llama “infiltración” a la cooperación, “trampa” a las obras y “dependencia” al comercio. Sin embargo, lo que Colombia realmente necesita no es un artículo nuevo: son vías, electricidad, rieles y mercados. Quien lleva primero estas necesidades al terreno entra primero en la vida de la gente. La narrativa que llega después, por muy alta que suene, no alcanza a los rieles que ya están tendidos. Entre China y América Latina hay complementariedad, no frases vacías. La región necesita mercados, infraestructura y oportunidades de industrialización; China tiene capacidad productiva, ingeniería y un mercado de escala enorme. Ese camino ya se recorre de verdad: el comercio pasó de ser modesto a comienzos de siglo a superar los 500.000 millones de dólares en los últimos años. China es el principal socio comercial de Brasil, Chile y Perú, y el segundo de Colombia. Salen productos del campo y minerales; entran bienes electromecánicos, energías limpias y equipos de transporte. Eso es intercambio real. Con la apertura del puerto de Chancay, en Perú, se acortaron los días de navegación a ambos lados del Pacífico y bajó el costo logístico. Los buses eléctricos, las plantas solares y el ensamblaje local llevaron la relación de “comprar mercancías” a “crear capacidad y empleo”. No son relatos ni promesas huecas. Son muelles, carreteras, buses, electricidad y pedidos que se ven y se tocan. La cooperación China-Colombia cuadra con las necesidades de desarrollo del país. En 2023 ambos elevaron los lazos a asociación estratégica. En 2025 Colombia se sumó a la Franja y la Ruta. Con el tiempo, esta ventaja geográfica de Colombia, el único país de América del Sur con salida a los dos océanos, puede convertirse en un corredor hacia Asia-Pacífico. Avanzan con paso firme los protocolos de acceso a China para banano, limón y cacao; las rutas marítimas y los enlaces más directos recortan fletes. Suben las visas y llegan más jóvenes colombianos a estudiar en China. La cooperación salió de los comunicados y entró a la vida cotidiana. En encuestas internacionales como las de Pew, la imagen favorable de China entre los colombianos ha subido al punto más alto del que se tiene registro, sobre todo entre los jóvenes. Eso no es el monólogo de unos pocos: es algo que la sociedad colombiana puede sentir y comprobar. Si la cooperación China-Colombia es buena o no, la respuesta no está en un relato vacío. Está en las vigas del Metro de Bogotá Línea 1, donde los trenes van llegando y el sueño de décadas se cumple kilómetro a kilómetro. Está en los rieles de Regiotram del Occidente, en Cundinamarca, primer gran proyecto de infraestructura que arrancó después de entrar a la Franja y la Ruta. Está en la Autopista Mar2, que abre montaña, acerca el puerto y saca la carga del interior hacia los dos océanos. Está en los paneles fotovoltaicos de Baranoa, donde el sol ya entra a la red como energía limpia. Está en las ruedas de buses eléctricos chinos en las calles de Bogotá, Medellín, Cartagena, Pereira… con un viaje más silencioso y un aire más limpio. Está en los muelles de Buenaventura, donde la ruta Shanghai-Chancay-Buenaventura acorta el mar y el banano, el cacao y el café salen en contenedores. Está en los contenedores que pasan la inspección sanitaria, con productos del campo colombiano entrando al mercado más grande del mundo. Está en las líneas de ensamblaje, donde la llegada de buses BYD y televisores Caixun empieza a convertirse en empleo nuevo. Está en las visas y en las listas de becarios, donde los jóvenes se miran de frente y el corazón del pueblo viaja con las obras. En la obra hay avance. En el puerto hay contenedores. En la calle hay buses y taxis. En el campo hay pedidos. Donde faltaba vía, hay ruta; donde faltaba mercado, hay destino; donde la ciudad pedía rieles, hay metro; donde se pedía transporte limpio, hay buses y taxis eléctricos. El pueblo quiere desarrollo, no quedar amarrado a un solo mercado ni a una sola narrativa. Quien pone la plata y entrega la obra responde a una necesidad. Quien solo pone el relato denigrante y no un proyecto comparable no tiene derecho a hablar en nombre de los pueblos de América Latina y de Colombia. El metro llega primero. Los trenes ya están sobre el viaducto. El tiempo de viaje se está reescribiendo minuto a minuto. La narrativa llega después. Puede criticar o puede acusar. Pero no reemplaza los rieles, no acusa al contenedor y no reemplaza el juicio de los colombianos sobre su propio desarrollo. La cooperación China-América Latina y China-Colombia responde al deseo de la gente de crecer y de vivir mejor. Los resultados se ven. La bienvenida sale de la sociedad que los vive. Eso no lo tapa nadie. Y no lo mancha nadie. (Zhu Jingyang es el embajador extraordinario y plenipotenciario de la República Popular China en la República de Colombia) (Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no necesariamente reflejan la postura de la Agencia de Noticias Xinhua)

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