CARACAS, 14 ene (Xinhua) — La madrugada del 3 de enero, la vida de Jesús Useche, militar venezolano retirado y empleado municipal de mantenimiento, se partió en dos. Estaba de guardia, limpiando la ciudad, cuando el cielo dejó de ser calma y se volvió amenaza. El ataque de fuerzas especiales estadounidenses golpeó simultáneamente a Caracas, La Guaira, Miranda y Aragua. Al menos cien personas murieron, decenas quedaron heridas y Venezuela despertó bajo un estruendo que no distinguió ideologías ni oficios. En la capital venezolana, el impacto se sintió cerca de Fuerte Tiuna, bastión militar histórico. Useche estaba en la zona, a uno o dos kilómetros, lo suficientemente cerca para reconocer la señal inequívoca del peligro: primero el apagón, luego el sonido. “Se fue la luz (electricidad) primero”, recuerda. Segundos después, la explosión. El intervalo fue mínimo, pero suficiente para activar la memoria corporal de quien fue entrenado para sobrevivir y proteger, incluso cuando ya no viste uniforme. No había prácticas militares esa noche en la ciudad. Por eso el ruido del avión le resultó extraño. Luego, vino la oscuridad total. En su formación, aprendió que cuando algo no encaja, el cuerpo debe moverse antes que la duda. Corrió, pero no encontró su motocicleta. Pensó en un compañero cercano, ya lejos. Entonces recordó a José Díaz, un trabajador mayor, paralizado por el miedo, aún más cerca del punto del bombardeo. Lo encontró de pie, inmóvil. “¿Qué hacemos?”, preguntó Díaz. Useche no dudó: “Debemos correr”. No era una orden, era la traducción inmediata de una ética aprendida en los cuarteles venezolanos. Mientras corrían, Díaz formuló la pregunta que cambió el curso de la carrera: “¿Y si nos cae la bomba?”. Useche pensó en profundidad, en estructuras, en cómo amortiguar la onda expansiva. Buscaron refugio, recuperaron la motocicleta y escaparon. Useche dejó a su compañero en un punto seguro y siguió hacia su casa, pensando en sus hijos y su familia, en proteger a los suyos. Esa noche, no todos corrieron con la misma suerte. Días después, Useche supo que un amigo de la escuela militar había muerto producto de las bombas asesinas. Su excompañero de armas estaba de servicio en Fuerte Tiuna. La noticia le llegó por redes sociales. Ese compañero, hoy fallecido, solía invitarlo a celebrar, compartir comidas y bebidas con su familia. Useche vio las imágenes de los actos fúnebres, los mensajes de despedida, fotos que no necesitaban explicación. “Se me eriza el cuerpo”, dijo a Xinhua. Y entonces se percató de que sí, era él, el mismo amigo solidario que anteriormente lo invitaba a compartir su felicidad y su mesa. Intentó contactar a los familiares, sin éxito. Entonces hizo lo único que pudo: guardó silencio, oró y rindió homenaje íntimo a un compañero de armas que, como tantos otros, murió trabajando. “Los venezolanos no tenemos la culpa”, afirma Useche, “solo trabajamos para vivir”, añade. Para él, el ataque no fue solo una operación fría y calculada, fue una agresión traicionera contra personas en pleno cumplimiento de su labor. Confesó que, tras el ataque, siente “mucho dolor, porque esto es un país muy bello y muy hermoso” que no merecía la vileza de las bombas. Useche no duda al señalar responsables. “El culpable es el Gobierno de Estados Unidos” que lanzó una acción militar contra un país soberano, aseveró. Para Useche, se rompieron tratados internacionales, derechos humanos y cualquier principio de diálogo. Aun así, defiende la vía pacífica con la convicción de quien conoce la guerra. “Siempre había que seguir conversando”, dice. “Diplomacia, diálogo. No levantar armas contra personas inocentes”, son, según su opinión, las vías para solucionar conflictos. El impacto de aquel ataque no terminó con las explosiones. Hoy confiesa que cualquier ruido fuerte despierta el miedo, aunque sea un hombre de armas retirado. Sin embargo, no habla de venganza. Habla de la constancia y el trabajo como los faros que deben guiar la conducta de sus compatriotas: “Luchar en paz”, repite. Porque aquella noche no solo mataron a su amigo, también intentaron quebrar una certeza. Y todo indica que no lo lograron. Fin

Por Vimag